Neste domingo, lê-se bem o que nos chega de Caracas.
Los monjes budistas
o las intuiciones de los ojos cerrados
Teódulo López Meléndez

Sin embargo, por encima de la tradición milenarista, no debe sorprendernos la participación activa de los monjes en situaciones como la de la antigua Birmania (cambiado el nombre a Myanmar por la dictadura militar) o con profundas raíces en la resistencia opuesta en el Tíbet a la dominación china. No son simplemente unos monjes con los ojos cerrados y que oran. En el budismo más que una deidad vive un profundo respeto hacia la dignidad del ser. La única proclama que hizo Buda de sí mismo fue la de un ser humano. El retiro, el aislamiento, la simple interioridad, es quizás lo que nosotros occidentales percibimos del budismo, olvidando la profunda sensibilidad que implica hacia lo humano y sus compromisos cívicos. Es lo que se ha dado en denominar una espiritualidad socialmente comprometida. Como parte de una interdependencia de todas las cosas, del cuidado de todo lo existente, es perfectamente comprensible la rebelión de los monjes contra las injusticias de este mundo, llámese dictadura militar en Birmania o atentado directo contra las tradiciones milenarias en el Tíbet.

El Tíbet ha vivido todas las peripecias chinas, desde la revolución cultural hasta nuestros días, sufriendo la erosión inducida de su cultura y de sus principios milenarios, una cultura inseparable de los principios religiosos. Una que se ha manifestado en profusa literatura, en el cine, en la pintura, en la escultura, en la danza, en el teatro y en la ópera.
Están, sí, encerrados en sus monasterios los monjes que han derramado sangre en Birmania y en Tíbet. Contemplan quizás lo movedizo de la realidad, pero no se trata de un ensimismamiento como podemos llamar al egoísmo como lo percibimos en occidente. Ellos legitiman su presencia en el mundo y marchan de la mano de la libertad, de la igualdad y de la tolerancia. Los monjes intuyen con los ojos cerrados, es una intuición que proviene de la interiorización en el espíritu y que marcha sin vacilaciones (lo han demostrado) hacia el mundo exterior mediante la rebelión y la resistencia contra las injusticias.
El aplastamiento chino del Tíbet actual, uno marcado por la movilización masiva de población, para hacer de aquel territorio alto una provincia china étnicamente considerada, muestra al mundo el lado oscuro del régimen de Beijing. Un régimen económicamente abierto, consumidor masivo de materias primas en aras de una industrialización galopante, pero uno que a pesar de haber aflojado algunos controles sigue siendo uno no democrático, uno regido por el Partido Comunista con la consecuente intolerancia hacia la disidencia. Le sucede a los chinos su colocación en vitrina en vísperas de unos Juegos Olímpicos donde intencionaban mostrase como un país disparado hacia el futuro sin freno y sin posibilidades de fracaso. Como en Birmania, donde los cibernautas se las arreglaron para enviar las imágenes y los testimonios de las matanzas, también en el Tíbet milenario las imágenes y las informaciones de la cultura global han brotado como hongos para alertar al mundo de una matanza, de un ataque feroz contra los aparentemente pasivos monjes de los ojos cerrados.
La historia está llena de la extinción de culturas y de civilizaciones. Sólo que casi ninguna estaba basada en la tolerancia (uso el casi para evitarme un gazapo, pero todas eran guerreristas, sacrificales, violentas y conquistadoras). En la América mestiza no encontramos ninguna marcada por la tolerancia, ni en los actuales México y Perú, donde las civilizaciones precolombinas conocieron inéditos marcos de avance y desarrollo, pero cuyas características eran la dominación y la intolerancia. Uno cree, así, en la imposibilidad de muerte de la cultura tibetana, y mucho menos de la pérdida del Buda, el que no era Dios, el que se hizo divino por la proclama de su condición de hombre.
No puede morir lo que se basa en la interiorización y el desprendimiento, lo que no obvia el compromiso con el mundo que está fuera de los monasterios, el mundo que puede verse desde los ojos cerrados y que puede nombrarse en el mantra cadencioso, pero que también se manifiesta en la calle obsequiando la sangre en aras de los principios

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